Fotografía

Nara, la ciudad de los ciervos

Es el turno de Nara. Poco a poco voy volviendo a las fotos del viaje a Japón.Y aunque parezca una tontería, me cuesta no emocionarme cuando las reviso, cuando me teletransporto a aquellos lugares y revivo el que hasta ahora puedo definir como el viaje de mi vida.

En esta ocasión vuelvo a Nara, la ciudad de los ciervos.

Cuando lees sobre la ciudad japonesa de Nara y sobre los ciervos en libertad, estás deseando que llegue el día de poder visitarla. Desde Kyoto cogimos el tren y nos dirigimos a Nara a pasear entre ciervos y visitar también el buda gigante de bronce, una estatua que tiene 15 metros de alto y pesa 500 toneladas. ¡Impresionante de ver!

 

Llegada a Nara

Desde la estación (de Kyoto a Nara hay unos 45 minutos en tren, cogiendo la JR Nara, incluida en el Japan Rail Pass), paseando por las calles de la ciudad hacia el Parque de Nara, en el que se encuentra el templo Todai-ji (y el buda gigante), llegamos a un precioso lago en el que comenzamos a ver a los primeros ciervos.

 
 

Nara Park

Tras el lago, nos adentramos en el parque, una zona verde y abierta en la que unos 1.000 ciervos viven de forma libre. Durante todo nuestro recorrido y hasta llegar al templo nos íbamos cruzando con puestecitos de regalos y comida en los que vendían unas galletas especiales para poder dar de comer a los animales de forma segura, por unos 150 yenes. También, en varias ocasiones, vimos carteles en todos los idiomas indicando qué dar y qué no dar de comer a los ciervos, siempre apelando a la responsabilidad.

Al principio es divertido, pero no hay que olvidar que los ciervos no son precisamente, un animal amable. Tienen muy mala leche y son algo ariscos. Nosotros intentábamos acercarnos a los más pequeños, ya que los grandes siempre se acababan imponiendo en los grupos y te quitaban las galletas de las manos.

Pero a la que te acercabas a un pequeño cervatillo y comenzaba a comer su galleta, de la nada aparecían ejemplares más grandes intentando hacerse sitio. Y si tenían todavía la cornamenta, reconozco que imponían bastante.

Si no tenías más galletas, en ocasiones te mordían la camiseta, el mapa o la mochila, y aunque te alejaras a paso ligero, te seguían, lo que hacía que se repitieran escenas muy divertidas de gente con galletas en la mano huyendo de varios ciervos que, viendo su premio, cada vez se acercaban más.

A mí también me tocó huir, y eso que ya se nos habían acabado las galletas. Pero de golpe te ves ahí, entre la gente y rodeada de ciervos, sin escapatoria, un poco a The Walking Dead, que te sientes ridícula y aterrorizada a la vez.

 

 

El Templo Todai-ji

Tras salir ilesos de la avenida principal del parque, nos dirigimos al templo Todai-ji a observar al buda gigante de bronce que, a pesar de su magnitud, no es el buda más grande de Japón.

 
 

A pesar de haber llegado pronto, ya era mediodía, así que tocaba volver tras nuestros pasos, sortear a los ciervos de nuevo, acabando las galletas que todavía teníamos y encontrar un buen lugar en el que comer.

 
 

Terakawa, el oasis de Nara

Guiados por Tripadvisor, salimos de las calles principales para callejear por Nara rumbo al restaurante Terakawa, que casi nos pasamos de largo, ya que el edificio estaba en obras y quedaba tapado por los telones.

 

 

Entramos a preguntar, y el chef nos dijo que te queda libre una última mesa para cuatro, y que deberíamos esperar media hora. Aunque estábamos cansados y lo que nos apetecía era sentarnos a comer, nos apuntamos en la lista y esperamos pacientemente en la acera.

Al rato, comenzaron a salir los primeros comensales. Con los que hablaban castellano cruzamos algunas palabras y en concreto, recuerdo a un chico que nos dijo «esperad lo que haga falta, porque va a valer la pena».

Seguíamos teniendo nuestras dudas, porque el marketing de andar por casa lo catalogaba como japanese tapas, y esos dos conceptos nos hacían desconfiar.

Cuando fue nuestro turno, entramos, y ahí lo entendimos todo. Fuminori Yamamoto, quien nos había avisado de la media hora de espera, era a la vez el camarero y el chef del restaurante. Atendía personalmente cada una de las mesas, explicando cada plato e indicando como comerlo.

El menú era cerrado (va cambiando para incluir productos de temporada y de proximidad), así que hay que entrar con la mente abierta y con las ganas de vivir la experiencia. A nosotros nos emocionó por cómo nos daba detalles de cada plato y de cada pieza de comida, informándonos incluso de cuando adquirió esos alimentos, del tipo de carne local… Por la dedicación. Pocas cosas son comparables como vivir una experiencia gastronómica así, con el chef a tu lado contagiándote su pasión por la cocina.

 
 

Las fotos son terribles porque las hice con mi antiguo móvil y de forma rápida entre plato y plato. Nos parecía demasiado frívolo sacar la cámara, con el chef dedicándonos unos minutos de su tiempo.

No hace falta decir que todo estaba riquísimo y que nos atrevimos con cada plato, lo que era un reto enorme para cada uno de nosotros y nuestras manías.

Le dijimos adiós a Fuminori, que a pesar de serio, era un tipo agradable con el que pudimos charlar y agradecerle su dedicación, y volvimos a la estación de tren, para poner rumbo a las que serían nuestras últimas 24 horas en Kyoto. Pero eso ya lo dejamos para la siguiente entrada.

 

 

PD: Todas las entradas sobre el viaje están agrupadas bajo la etiqueta Viaje a Japón.

PD2: Bárbara también visitó Nara. ¿Te apetece leer sobre su experiencia?

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